dissabte, 19 de desembre de 2009

Era tan fuerte su deseo de besarlo como su deber de alejarse de él. Estaba confundida y no entendía a qué venía tanta hostilidad desde la noche pasada. Sus palabras le hirieron cuando dudó de su intención de ayudarle y, en cierta forma, lo odiaba por como la estaba tratando. Sentía que no era más que una absurda distracción nocturna, mientras que por el día lo notaba distante y arisco. Ella sabía que, si las circunstancias fueran otras, si a parte de la complejidad de la situación, él no se encontrara en tan deplorable estado de ánimo, las cosas irían mucho mejor. Tan mejor como las primeras veces, cuando no importaba nada ni nadie, ni siquiera importaba dónde. Todo era ternura con una pizca de pasión, pero no había maldad, no había juicios ni prejuicios, no había reproches. Ahora todo era distinto, él lloraba por su amada y ella se lamentaba por no poderlo animar. Le hubiese gustado ponerse a gritar, a llorar... pero no hacía más que quedarse quieta y pensar en el antes. Incluso, cuando él decidió dormir lo más lejos posible de ella, rebuscó en cajones y armarios hasta encontrar esa libreta que la había acompañado, a sus quince años, durante siete kilómetros al sur y dos semanas del calendario. Lo consiguió. Empezó a llorar mientras leía aquellas torpes –pero explícitas- descripciones de ese primer beso y todos los que le siguieron.
Se lamentó por lo que habían cambiado las cosas y lo poco que podía hacer ella al respecto. Se lamentó por no haber aceptado esa invitación de huida hacia ninguna parte hacía ya tres años.
Pero sabía, en su fuero más interno, que quizás aquello serviría para ordenar las cosas, aunque nunca jamás pudiesen apagar –ninguno de los dos- esa pasión que los unía.

dissabte, 5 de desembre de 2009

Terra de caramel

Es veia perduda entre tota aquella gent. No sabia si volia marxar ben lluny, quedar-se per sempre, o seure a esperar que el temps l’arrossegués cap a una altra banda. Se sentia estranya, diferent, pitjor, o potser millor, no ho tenia gaire clar. Potser només necessitava que una veu coneguda li digués a l’orella: tranquil·la, sóc aquí, al teu costat, i jo no et deixaré mai.
Ella es volia sentir viva d’aquella manera tan seva. Volia observar el seu entorn des d’una càmara i submergir-se a la pantalla de tant en tant.
Ella volia ser. Volia ser. Volia sentir que era i descobrir qui era.



Encara no sé què té aquesta cançó, que em fa arribar al fons de mi mateixa.

diumenge, 29 de novembre de 2009

Elisa

Parte I

Elisa llegaba tarde –como siempre- a su cita con Mateo. Pero hoy no era culpa de las noticias de última hora, ni del portero de la oficina, tampoco era culpa del distraído conductor del autobús, ni de los semáforos de la ciudad. Hoy Elisa llegaba tarde porque Lina la había entretenido. Lina era una preciosa chica de ojos oscuros y un largo pelo ondulado a conjunto. En medio, una frente despejada y unas cejas de perfecto grosor. Su nariz era fina y tan pequeña que parecía imposible que por ahí pudiese entrar suficiente oxígeno para respirar. Sin embargo, lo que más le gustaba a Elisa eran sus graciosos y marcados pómulos, acentuados pícaramente con colorete rosa pastel. Por lo que hace a sus labios no eran, ni mucho menos, los labios más bonitos que Elisa había visto. Ni siquiera se había fijado –hasta hacía una semana- en la cicatriz que tenía en el labio inferior.

Hacía dos meses que Lina había cambiado su turno en la radio porque por las mañanas, según dijo, asistía a un curso de producción cinematográfica. Ahora pasaba las tardes sentada delante de la mesa de sonido mientras Elisa tecleaba las noticias locales de más importancia, justo al lado de su cabina.

Esa tarde Lina le había estado hablando de un restaurante del centro de Barcelona, decía que era muy íntimo y acogedor, perfecto para que celebrara allí sus dos años de noviazgo con Mateo. Elisa llevaba toda la semana planeando una cita especial, pero no excesivamente romántica, pues a Mateo nunca le habían gustado esas pantomimas –así es como él llamaba a ese tipo de celebraciones-. Así pues, Elisa siguió el consejo de Lina y llamó al restaurante.
-Hola, buenas. Llamaba para reservar mesa. Para esta noche. Seremos dos. Sobre las diez. Ahá, diez y media, ningún problema. Elisa. Vale, gracias.
Esperó que fueran las siete para llamar a Mateo.
-Hola, mi vida. Tengo una sorpresa para ti. No, no te asustes… ¿Quedamos a las diez en la librería de siempre? Bien, pues nos vemos luego, besos.
Mateo debió notar el casi infantil entusiasmo de Elisa. Ella no era como él, a ella le gustaban esos detalles, le gustaba esforzarse por los demás y sorprender a los que quería. Pero él no, él era –como decía Elisa- mucho más soso. Tenía detalles, pero nunca sorprendían, eran detalles tan previsibles como el pastel en forma de corazón del catorce de febrero, el último CD de Ainara Legardon para su cumpleaños o la rosa del veintitrés de abril –ella siempre había preferido que le regalasen libros-. Pero aún así, Elisa estaba perdidamente enamorada de Mateo, adoraba sus ojos pequeños y sus hoyuelos en las mejillas cuando sonreía. Le encantaban sus grandes manos –siempre frías- y su manera de andar.

El reloj de Elisa marcaba las diez y aún le quedaban tres paradas en metro y cinco minutos andando. Estaba de pie junto a la puerta observando con impaciencia cada movimiento dentro del vagón. Le encantaba curiosear los títulos de los libros que leía la gente, o intentar escuchar la música a un volumen demasiado alto de algún pasajero. Reconoció la lectura de una mujer que tenía en sus manos Ácido sulfúrico de Amélie Nothomb –Elisa odiaba la forma acelerada en que escribía esa popular escritora. Aunque, claro, sólo había leído diez páginas de uno de sus libros-. Enfrente de esa mujer a Elisa le pareció oír a los Beatles pidiéndole ayuda a través del reproductor de un joven con un aspecto muy “pop” y no pudo evitar ponerse a cantar mentalmente ese pegadizo estribillo “Help, I need somebody. Help, not just anybody. Help, you know I need someone, help…”.
Salió del metro de un salto y corrió hacia la librería. En el semáforo inoportunamente rojo le sonó el teléfono. Era Mateo.
-Cielo, lo siento. He salido tarde de la redacción, en cinco minutos estoy allí. Besos, te quiero.
Él también la quería.

Llegó sofocada y con el teléfono aún en la mano. Mateo sonrío al verla, no podía resistirse a la graciosa torpeza de Elisa. Le dio un beso en la frente y esperó a que se calmara.
-Y bien, ¿cuál es la sorpresa?
-¿Me dejas que siga con el suspense? –Elisa sabía que con sus ojos y su voz podía conseguir casi cualquier cosa de Mateo-.
-Está bien… pero venga, date prisa, estoy intrigado.
Elisa recuperó totalmente el aliento durante el paseo hacia el restaurante. Cuando faltaba solo una calle, le pidió a Mateo que cerrase los ojos y le guió hasta la puerta del local.
-¡Et voilà! Hemos llegado. –Dijo ella con los ojos totalmente abiertos y una enorme sonrisa en sus labios-.
-Vaya, ¿una cena?
-¿No te gusta? Si te apetece hacer otra cosa no me importa, cualquier plan me parecerá bien –En realidad Elisa deseaba que Mateo quisiera cambiar de plan, que la sorprendiera con una idea brillante-.
-No, que va. Es un plan perfecto. Es solo que ya pensaba que me ibas a entregar un sobre con un par de billetes de avión para ir a pasar una noche loca en cualquier ciudad extraña –y una vez más esos hoyuelos que tanto gustaban a Elisa se dibujaron en su cara-.


Parte II

El rojo intenso de las paredes hacía resaltar con elegancia el blanco de la decoración. Un camarero les indicó la mesa donde debían sentarse. Mateo se sentó dejando caer todo su peso en la silla. Abrió las piernas, recostó su espalda e inclinó la cabeza hacia arriba a la vez que suspiraba. Cerró los ojos unos segundos, parecía realmente muy cansado. Elisa también estaba agotada, pero lo intentaba disimular con la mirada despierta. Tenía las piernas cruzadas, la espalda recta y observaba, curiosa, la gente de su alrededor. Estaban sentados junto a una ventana y, a su izquierda, Elisa se fijaba en la pareja que había entrado justo antes que ellos. Era una pareja mayor, y parecía que era él quien llevaba el ritmo de la cena. Detrás de Mateo, Elisa podía ver –y oír- a tres chicas jóvenes que hablaban sobre el piso que una de ellas se acababa de comprar. Se las veía emocionadas y Elisa las miraba fijamente sin disimular su curiosidad. Una de ellas se dio cuenta, fue entonces cuando bajaron el volumen de su voz y Elisa dejó de oír lo que decían.
Mientras tanto, Mateo comía aceleradamente y sin degustar los platos. No decía nada, estaba demasiado concentrado comiendo.
-¿Qué tal ha ido el día? –dijo Elisa, buscando conversación-.
-Bueno… hemos tenido mucha gente, así que bien de ingresos, pero estoy reventado.
Mateo acababa de abrir una cafetería con su hermano mayor, Javier. Hacía sólo seis meses que habían empezado y tenían que trabajar mucho para tirar del negocio. Era una suerte que se llevaran tan bien entre ellos, pero eso, a veces, dificultaba las cosas. La semana pasada, por ejemplo, Javier se presentó tres horas tarde en la cafetería. Mateo se puso histérico y estuvo a punto de hacerse atrás con el negocio. Por suerte Mateo siempre había tenido mucha paciencia.
-¿A ti cómo te ha ido todo?
-Bien, muy bien. He estado hablando con Lina, te hablé de ella, ¿recuerdas?
-Sí, estuviste una hora hablando de ella, me acuerdo –y volvió a sonreír-.
-Tienes que conocerla, es fantástica. Fue ella la que me habló de este restaurante… y parece que ha acertado, ¿no?
Mateo asintió con la cabeza mientras se limpiaba con la servilleta roja ya manchada de salsa bovril.
Después de los postres –fresas con chocolate para Elisa y lionesas rellenas de nata para Mateo-, pagaron la cuenta y salieron del restaurante.
Hacía más frío que cuando habían entrado, así que Mateó paso el brazo por el hombro de Elisa.
-¿Dónde tienes el coche? –preguntó ella-.
-Enfrente de la perfumería.
-¿Me harás compañía esta noche?
Elisa había heredado un piso cerca de la Sagrada Familia, era algo viejo pero para vivir sola le bastaba.
-No puedo, esta noche no. Mañana por la mañana tengo que ir a la cafetería muy temprano. –Ella odiaba que los planes no le salieran como había planeado, aunque con Mateo lo sabía disimular muy bien-.
-Bueno… ¿vendrás mañana?
-Ya veremos.
Elisa se despidió con un beso y bajó del coche. Mateo, como siempre, se esperó a que cerrase la puerta del edificio para irse.

dilluns, 23 de novembre de 2009

Lunática

Hoy he visto un avión atravesando la luna.
Nadie se ha percatado de lo feliz que he sido en ese mismo instante, viendo acercarse ese aparato luminoso a la luna inclinada, dejando atrás un caminito de humo que se confundía con el de mi cigarro.

diumenge, 15 de novembre de 2009

dilluns, 2 de novembre de 2009

Isabel quiere un sombrero y una máquina de escribir

Isabel acababa de licenciarse en periodismo. Ella sabía, desde el primer día que pisó la universidad, que no estaba hecha para este oficio. Isabel no tenía esos “dotes comunicativos” de los que tanto le habían hablado; no era capaz de escribir noticias porque no podía dejar a un lado su romanticismo para escribir frases sencillas y directas, sin una pizca de poesía; odiaba profundamente escuchar su voz y, por supuesto, le aterrorizaba verse dentro de una caja negra presentando el telediario.
Pero, a pesar de todo eso, le gustaba el periodismo. Le gustaba esa idea que había formado en su cabeza del periodista con gabardina y tirantes, más cercano al detective que al informador. Le encantaba imaginar esas antiguas imprentas con el ruido de las máquinas de escribir, impregnadas por el humo de los puros y el nerviosismo previo a la publicación. Y ella quería acercarse a aquello, aunque fuese a través de la imaginación.
Porque lo que en realidad deseaba era escribir en el ambiente de los periodistas con tirantes y corbatas aflojadas, sin aire acondicionado ni calefacción.
Isabel sólo quería un sombrero y una máquina de escribir.

diumenge, 18 d’octubre de 2009

Melinda

Cuando era pequeña, Melinda siempre jugaba a detectives con los chicos de quinto. Ellos habían aprendido a aprovecharse de la pequeña e ingenua Melinda, que acabó más de una vez en el despacho de la directora por entrar en las aulas durante la hora del recreo o por colarse en la habitación de mantenimiento y asustar a las mujeres de la limpieza. Pero eso a Melinda le daba igual, ella era consciente de que le quedaba mucho por aprender y de que todo detective debía enfrentarse a momentos tensos y pilladas infraganti para llegar a ser un gran investigador privado. Así que Melinda seguía desafiando aquellos “¿te atreves a entrar?” y aprendió a dejar la mente en blanco mientras asentía con la cabeza a todo lo que la directora le repetía una y otra vez de camino a su despacho. Melinda aprendió también que Arturo, el chico guapo de quinto, la utilizaba como cabeza de turco para salir indemne de todas sus jugarretas. Pero Melinda era mucho más lista de lo que parecía. Y Melinda llegó muy lejos. Estudió el comportamiento de aquellos chicos que, infantiles y cobardes, pedían a una atrevida niña de tercero que entrara en la sala de profesores y husmeara en los cajones de la señorita Inés. Melinda había configurado cantidad de estudios mentales durante esas largas horas de castigo, sentada al lado de la ventana, observando cuántos goles marcaba Adrián o a quién le tocaba aguantar los gritos de niña bien de Beatriz.
Gracias a eso, Melinda se había convertido en una exitosa detective que era capaz de afrontar cualquier reto, por peligroso e imposible que pareciese. El nuevo caso era un caso tentador pero que exigía una gran concentración. No podía distraerse, ni un solo fallo. Melinda debía descubrir cuántos agujeros guardaba Javier en su corazón, cuantas grietas se habían abierto en ese valioso órgano que él se empeñaba en cubrir con una dura y tenaz armadura. Melinda estaba convencida: Javier mentía cuando decía que nunca había sentido lo que sentía en ese momento. Estaba segura que en esa frase había algo que no encajaba. Y Melinda debía encontrar ese detalle que le permitiera desmontar su coartada.
Durante mucho tiempo, Melinda empezaba el juego en la puerta de su casa, justo cuando él le abría la puerta y le daba un beso en la frente. Melinda acercaba la mano derecha al cuello de Javier, poco a poco, casi a cámara lenta, y después de mirarlo penetrantemente iniciaba un viaje alrededor de su cuerpo. Melinda rastreaba su pecho en busca de una señal y, entre orgasmo y orgasmo, intentaba construir un patrón de comportamiento para detectar cualquier anomalía en sus delirantes palabras.
A Melinda nunca le gustó gritar, y nunca entendió el porqué del estado de posesión infernal en el que entraban algunas féminas descontroladas al practicar algo tan divertido como el coito. Para ella era algo totalmente incomprensible y fuera de la normalidad... aunque claro, ella siempre había creído que pensaba demasiado en todo y que eso no le permitía disfrutar de los pequeños detalles con naturalidad.
El caso es que pasados dos meses, Melinda consiguió descubrir cuál era el secreto de ese chico tan irresistible con el que se acostaba. Javier no la quería, y nunca la había querido. Javier era un Arturo con veinte años más encima, pero con las mismas intenciones de aprovecharse de una ingenua niña que quería jugar. Y, sin darse cuenta, sin ver venir ese golpe en su dignidad, Melinda se había enamorado fervientemente de ese insensible, descarado, prepotente y fanfarrón al que había estado investigando. Y se maldijo por no haber percibido ese aire de dominación la primera noche que se plantó frente a la puerta de su casa, cuando Javier la miró fijamente y, con una pícara sonrisa en los labios, le dijo: ¿te atreves a entrar?

diumenge, 11 d’octubre de 2009

C'est la folie

Cuando la locura llega, sólo puedes hacer dos cosas: o dejarte llevar, o luchar contra ella. Pero si se presenta a oscuras y con una botella de champagne en la mano, lo mejor es dejarse arrastrar hacia una orgía de sentidos, donde el decoro, la decencia y las buenas formas son violadas por la indecencia y la lujuria, y donde no hay lugar para las disculpas.

dimecres, 7 d’octubre de 2009

Mort de mare

La mare ja tenia els llavis enganxats amb aquella pega estranya que fan servir pels morts. La van treure d’aquella vitrina on tants –però molt pocs de tot cor- havíem plorat la seva mort. El dia abans ens havien preguntat quina roba volíem que li posessin. Tan és, vaig pensar. I ara no recordo ben bé com anava vestida dins la caixa. L’àvia em va dir que li fes un petó. No calia que m’ho digués, vaig pensar. I tampoc calia fer-li. El dia que em van dir que es moria, vaig anar a parlar amb ella. La mare ja no podia parlar i amb prou feines respirava. La vaig enganyar, li vaig dir que els metges creien que es posaria bona aviat. Em sabia greu espantar-la, però em sembla que ho vaig fer. Em van començar a caure les llàgrimes, una darrera de l’altra. Li vaig prometre que li parlaria d’ella als meus fills, i que intentaria ser tan forta com ella. La seva resposta va ser una única llàgrima caient de l’ull dret. Feia molt soroll quan respirava amb l’ajut de la màquina. Jo li anava acaronant el front tal i com em feia ella quan jo era petita. Volia recordar per sempre més aquell tacte i feia esforços per intentar memoritzar, ves a saber com i a on, l’escalfor de la seva pell. Jo ja m’havia acomiadat d’ella, i no volia tocar la seva pell freda. Tot i així, i perquè l’àvia no es pensés que em feia angúnia, li vaig fer un petó al front. Feia la mateixa cara que quan dormia, una cara tranquil·la, però ara era una mica diferent... semblava cansada, semblava morta.
No recordo quan van tancar la caixa, potser jo ja no hi era. La van pujar a un d’aquells cotxes llargs i negres i vam anar cap a l’església. Recordo molt poca cosa de la cerimònia. Potser només recordo el nyic-nyic de les rodes que portaven la mare morta apropant-se com un fantasma cap a l’altar. La nit abans havia preparat un text per la mare. Era un text informal i fora de protocol, però era un text per a ella i per a tots aquells que havien arribat a l’església sense recordar ben bé qui era aquella dona. “Tan de bo hi hagués més persones com tu”. Així va acabar el meu recital. Em feia mal la gola de tant aguantar aquell nus que em volia espatllar el text, però ho havia fet, havia aguantat fins l’últim punt i final.
Més tard ja érem al cementiri. El meu germà va voler portar el taüt fins aquell forat esgarrifós. Se’m va encongir el cor quan van tapar el nínxol. A cada cop de ciment els meus ulls es tancaven –com quan sento el soroll d’un petard- i entre aclucada i aclucada una llàgrima lliscava cap avall mentre m’aguantava les ganes de cridar “fora d’aquí tots, deixeu-la en pau, deixeu la meva mare, no la tanqueu aquí dins!”.

dijous, 1 d’octubre de 2009

C'est la vie.
C'est la vie.
C'est la vie.
C'est la vie.
C'est la vie.

Así es la vida, nena. O lo tomas o lo dejas.

dilluns, 28 de setembre de 2009

Journalism

Despulla’t. I deixa que et mossegui els pensaments. T’hauries d’haver rentat bé, si deixes restes de remordiments, em faré mal. Com els gossos, quan mengen os de pollastre, m’entens? Tens gust a diumenge amb melmelada de plàtan. T’escopiria al peu si no fos tan sagrat... et puc fer un petó? Si et trec la mordassa, promets no cridar? Sé que cridaràs igualment, però et quedaràs sense veu... creus que si algú et sentís, t’ajudaria? Digues, quantes vegades has vist tu algú en perill i has fet veure que no passava res? Et podria torturar al bell mig de la rambla que ningú faria res. Et puc mossegar? Au, va, dona, no et posis així, que serà una mossegada petita, de degustació.
No plores? Per què no plores? T’agrada, tot això? T’agrada, oi? Què faries amb el teu propi cadàver si... bé, si donat el cas m’hagués de desfer d’ell?











APAREIX UNA NOIA MORTA A LA RAMBLA DE BARCELONA

EL COS DE LA VÍCTIMA PRESENTA SÍMPTOMES DE TORTURA

dimecres, 29 de juliol de 2009

Ells

Buscaves a l’armari alguna peça de roba que t’afavorís, però cap semblava prou fàcil de treure si arribava l’ocasió. Et vas decidir per la camisa-vestit de color lila –i com t’agradava a tu el lila!- les mitges havien de ser negres, com la samarreta que et posaries a sota i, com no, les sabates. Sabates que al final van ser botes perquè les altres eren molt d’hivern i no acabaven de ser negres del tot.
Sempre deixaves la roba interior pel final. A ell li agradaven les estrelles. Vas pensar a posar-te un conjunt. Però no tenies cap sostenidor que anés bé amb les calces que et volies posar i, clar, els conjunts que tenies no feien per l’ocasió. Finalment et vas decidir pels grisos, vas pensar que si l’habitació era fosca –com ho era de costum-, no s’hi fixaria gaire.
Caminaves ràpid, com per no pensar en res més que en el mal que et feia la ferida del peu dret i en com de malament ho devia haver passat Aquil·les.
Vas picar al timbre. I ho vas tornar a intentar. Potser no recorda que hem quedat i està amb una altra noia, vas pensar. De cop el vas veure tombar la cantonada. Duia una bossa petita a la mà amb una creu verda dibuixada. Què calculador. Ell també hi havia pensat.
Es va posar davant teu per obrir la porta, feia la mateixa olor de sempre. Aquella olor que després et costava treure’t de sobre.
De cop vas sentir PAM! i tot seguit una nena plorant. Et vas girar i una dona caminava de pressa cap a ella. No era res, un ensurt.
Vas girar una mica el cap per mirar endavant i abans de topar-te amb el marc fosc de la porta vas veure el cotxe de l’Arnau. Sense pensar-t’ho dues vegades vas córrer cap a ell resant perquè el semàfor dibuixés una taca de sang i tu tinguessis temps d’arribar-hi.
La porta es va tancar darrere teu. Duies el bolso mal posat i la camisa-vestit arrugada. Se t’insinuava una cuixa amb més greix del que voldries.
Ja no hi havia Jaume, ara només existia l’Arnau i el camí pels carrerons de Barcelona es va fer petit al costat del recorregut entre la porta d’en Jaume i el cotxe de l’Arnau.
Et va veure i va somriure.
-On vas?
-Enlloc.
-Mira, com jo. T’hi apropo?
-Sí.

I en Jaume ja feia estona que et mirava des de la porta, amb la bossa de la creu verda a una mà i les claus a l’altra.
La taca de sang va marxar i un cop d’aire et va despentinar el serrell.


Mentre et vesties l’Arnau contemplava allò que segurament feia temps havia oblidat. La piga que tenies a tres petons a l’esquerra del melic.
A l’hora d’esmorzar duies la seva samarreta. La que sempre et posaves quan l’anaves a veure. Et seguia arribant a meitat de les cuixes i tu seguies intentant amagar-les tot estirant la roba.

Li vas prometre que el trucaries per anar a sopar un dia d’aquella setmana. Però ja han passat tres mesos i segueixes esperant que en Jaume obri la porta per pujar les escales d’aquell pis tan fosc prop de la Sagrada Família. Què és el que et fa tanta por?

dijous, 28 de maig de 2009

Ella t'esperava

T’espero aquí, val? No triguis, que el cambrer ja ha vingut set vegades a demanar-me què volia. Va, que t’espero.


Són les tres, el restaurant ha tancat fa setanta-vuit minuts. T’espero, d’acord? Segur que hi havia molta gent a la carretera. Però no triguis, que ja no em sento els dits dels peus.


Ho sento, m’he quedat adormida al replà de l’edifici del costat. Has vingut mentre dormia, oi? M’hauries d’haver despertat.


Ja fa dues nits que sóc aquí. Si que hi ha gent al carrer, no sé si et podré veure entre tants caps, quan vinguis.


El cuiner del restaurant m’ha tornat a portar un plat amb restes d’un dinar. Li he dit que no calia, que estàs a punt d’arribar, que hem quedat aquí per sopar. És que és molt aviat –li he dit- hem quedat a les onze i encara són les tres del migdia. Sóc molt impacient.


Són dos quarts d’onze. Deus estar a punt d’arribar. Entraré a dins i t’esperaré a taula, que tinc una mica de fred.


Què estrany, em pensava que havies reservat taula. És igual, n’hi havia cinc de buides.


Ara només n’hi ha una, de taula ocupada. Ja ha marxat gairebé tothom. L'última parella que ha marxat discutia. Quina sort que tu i jo no discutim mai.


Ostres, duc el cabell brut. Deu ser aquell xampú nou que he comprat, no deu anar gaire bé. I jo que volia que em veiessis ben guapa.


Espero que em puguis perdonar, he hagut de marxar. M’ha agafat un mal molt fort al cor i he hagut d’anar al metge. Li he dit al cambrer que t’ho digui. Em sap greu, tenia moltes ganes de veure’t.

dijous, 30 d’abril de 2009

Ball de tardor

Em dilueixo en la pluja, en la teva suor freda, en les meves llàgrimes calentes. M’enfonso en l’arena i em trepitges sense adonar-te’n. Però tranquil, perquè el vent em rescata de seguida i se m’enduu a fer un viatge pel temps. Ara sóc vent i ningú em para, ningú em veu, ningú em pot fer mal. Ara sóc lliure de debò, lliure de tots i de mi mateixa.
Topo amb una fulla seca. M’abraço a ella i caic a terra fent un últim ball, el més bonic de tots. Sona una melodia feta d’aigua, i cada gota em marca un pas.

Dreta, esquerra,
dreta esquerra.
Tombarella.

Esquerra, dreta,
esquerra, dreta.
Repòs.

Les arrels de l’arbre em fan de coixí. M’adormo. Una mà m’atrapa. No és la teva. És un nen que juga. M’agafa i em llença enlaire. I el ball es repeteix, aquesta vegada els passos els marquen les seves rialles. Sembla ser que aquell no era l’últim, qui sap si ho serà aquest.
Un saltiró cap amunt. Respiro nerviosa i tornem a començar:

Dreta, esquerra,
dreta esquerra.
Tombarella.

Esquerra, dreta,
esquerra, dreta.
Repòs.

Aquesta vegada la lluna ha sortit per mirar-me. M’observa quieta, en silenci. La funció s’acaba. Unes passes s’allunyen. Les estrelles em feliciten i la pluja comença a aplaudir.
Saludo solemnement i m’allunyo d’aquest món.

divendres, 10 d’abril de 2009

Y me volví tiempo

Todo iba demasiado rápido por dentro. Pero por fuera los cambios parecían no llegar nunca. Los cafés perdieron su sabor, los cigarrillos se consumían en dos caladas en el transcurso de diez interminables minutos. ¿Qué estaba ocurriendo? Mi vida iba más lenta que el mundo exterior. Un reloj distinto para cada realidad distinta. Terminé por desnudar mi muñeca, ¿a quién le importaban ahora los coqueteos entre minutos y las carreras entre horas? Entre segundo y segundo, una eternidad palpable: el grito de un niño en el parque, doscientas cincuenta y cuatro bombillas encendiéndose, el claxon de un camión, sesenta puertas cerrándose, nueve hojas y tres ramas cayendo al mismo tiempo en la misma ciudad, tres mil doce miradas de tres mil doce personas distintas. Pero nada, al fin y al cabo. Su eternidad no era la mía, como su final no era tampoco el mío. Me olvidé ya del día y la noche, pues estaba segura de que se habían compinchado para mentirme y volverme loca. Incluso llegué a olvidarme de los meses y de los años, ya no había unidades pequeñas, el tiempo era sólo mi vida con miles de siestas en medio. Y me quedé colgada de un instante vacío de acción, y yo dejé de ser yo y me volví tiempo, y me uní al baile de siglos al que nadie estaba invitado.

dimarts, 7 d’abril de 2009

Mariner

Quants fragments de la seva vida havien quedat arraulits, irreconciliables amb el temps? Li venien sovint imatges al cap que no aconseguia connectar amb un moment concret de la seva existència, perdia moltes vegades el fil dels seus pensaments i esdevenia nàufrag de la seva pròpia vida. De tant en tant, buscava un racó entre segon i segon i intentava palpar amb les mans l’essència dels pensaments, l’origen dels malsons. Però mai arribava enlloc, mai trobava un inici, mai arribava a un final. Les idees li venien i li marxaven sense donar-li temps a assimilar-les i queia abatut a terra, despullat, desprotegit, desconsolat. Li havien negat el dret al record, al passat. Un desarrelat, que en dirien alguns. Era només un pobre mariner en un mar immens que buscava un lloc on tornar. Les coordenades exactes del seu naixement, un camí de tornada que pogués resseguir en un mapa. Però no hi havia res. Els peixos no li sabien dir si recordaven haver-lo vist abans. Les sirenes mai el van visitar, tant que li haguessin agradat els seus encisadors cants! A la ment guardava una rialla que el despertava cada matí abans que ho fes el sol, però mai va saber d’on provenia, quins llavis havien gravat al seu pensament aquella onomatopeia que no aconseguia dibuixar. Només la mort li va donar un camí de tornada, un camí que mai podria reprendre, però ell va preferir la mort després de la vida que la vida després del no-res.

dijous, 2 d’abril de 2009

Mi silencio

Nos aterroriza. Puede incluso que nos de más miedo el silencio que la muerte. Quizás porque percibimos el silencio como el preludio de la muerte. Nos incomoda no decir nada y preferimos soltar cualquier gilipollez antes que permanecer callados durante unos instantes. Ligamos el silencio a la tristeza, y nos preocupamos por aquellos que nunca dicen nada. Luego esos parecen antipáticos o tímidos, cuando seguramente lo único que hacen es escuchar todo lo que el silencio tiene que decir. Yo soy una de esas personas calladas, que no hablan mucho, que han nacido más para escuchar que para hablar. A los habladores eso les pone de los nervios, en seguida te preguntan si estás bien, si te pasa algo, si estás enfadado o triste, si te están aburriendo con su discurso. Y luego están los comentarios estúpidos como “¿se te ha comido la lengua el gato?” o “puedes hablar, eh...” ya lo sé, imbécil, ya lo sé. Pero me gusta más estar callada, escuchar, sonreír, y hablar sólo cuando tenga ganas de hacerlo, no para salvar una situación aparentemente incómoda. Y es que a mí no me da miedo el silencio, me aterroriza mucho más el ruido, la muchedumbre, las masas de gente habladora. Quizás por eso me gusta tanto estar sola, porque nadie va a obligarme a hablar si no me apetece hacerlo.

dijous, 5 de febrer de 2009

Dolça Mort

Avui he sentit, des del moll dels ossos fins la pell morta dels meus peus, l’impacte d’una mort tan viva, tan intensa, que amb una mirada m’ha fet caure les pestanyes i esclatar les dents.
Una figura sense edat ni sexe, d’un caminar solemne i elegant. Una pell pàl·lida d’una llum incandescent, un cabell llarg i flàccid, tapant el seu preciós cos nu sota aquella capa de seda transparent.
Tota ella era blanca. D’un blanc tan blanc que torna negra la neu. El blanc de la seva mirada gèlida, de la seva bellesa infinita.
Aquesta és, sens dubte, la mort brutal que m’ha vingut a trobar.
De poderosa que és, i que ha estat sempre, no m’he atrevit a retreure-li els crims més cruels que ha comès. Ni el nadó dins el ventre, ni el jove immortal, ni tampoc l’amant etern.
I potser ella, o ni tan sols ella, sinó la seva ombra, és qui ha volgut xuclar-me la veu amb un somriure innocent i bondadós als llavis, deixant-me caure a terra com cauen les plomes d’un colom.
Sí, aquesta és, sens dubte, la mort brutal que m’ha vingut a trobar.

dissabte, 3 de gener de 2009

Huérfanos

Y rotos ya los ventanales,
¿qué nos queda de ternura?
Sólo esotéricos susurros
de una noche perfumada.

Entre tiempos y retratos
viven huérfanos de alma,
soñadores de abandonos,
creadores de venganzas.

Van andando con cuidado,
tras los muros de un engaño.
Con las manos ensuciadas
y los ojos encharcados.

¿Oyes sus lamentos?
Escucha, escucha.