divendres, 29 de gener de 2010

¿Hacia dónde?

Empezaba a sentir que su mundo se desmoronaba y se echó a llorar. Temía acabar siendo alguien débil incapaz de superar los obstáculos del camino y eso la convertía en alguien aún más vulnerable. Le vinieron a la cabeza imágenes del pasado, imágenes atemporales, indeterminadas, indefinidas, imágenes borrosas que le producían cierta felicidad. Pero su ánimo se perdió en un río de nostalgia, arrepentimiento, impotencia y rabia. No entendía cómo era posible que las cosas terminaran tan rápido, sin dejar apenas rastro, sin dejar una esencia palpable para el resto de la eternidad. Sentía que no tenía nada entre las manos, que todo se iba irremediablemente con el viento, con el tiempo, con cada segundo que avanzaba en el reloj. Había soltado el timón, había perdido el control. Un caballo sin riendas, un tren sin vía, un avión sin piloto destinado a estrellarse en cualquier desierto.


Mercè Cama, 22 de octubre de 2007.

Y ella sin brújula.

dimecres, 6 de gener de 2010

(in)completos desconocidos

Como cada noche, John salió de su consulta diecisiete minutos más tarde de la hora que marcaba su contrato. Ya con el maletín en la mano izquierda, guardó su preciado reloj de bolsillo en la chaqueta y se despidió de Astrid, la secretaria, que seguía inmersa en su compleja tarea de ordenar informes médicos. John había tardado nueve días en cuadrar su reloj con el de Alice. Si salía sólo quince minutos más tarde notaría sus pasos siguiéndole dos manzanas atrás –algo que le provocaba una terrible ansiedad– y si, por el contrario, el tiempo de espera se alargaba veinte minutos, la vería desde lejos entrar en su portal. Pero si esperaba diecisiete minutos exactos, diecisiete vueltas de la aguja delgada desde que el reloj marcaba las ocho y media, disfrutaría de un precioso paseo detrás de su musa: cruzarían juntos la gran avenida y los tres pasos de peatones antes de llegar a la calle de los sastres, donde se separarían para reencontrarse enfrente de sus respectivos domicilios. John sabía que el camino que elegía era más largo, por lo que, antes de llegar al último paso de peatones, aceleraba ligeramente el paso para disfrutar luego de un plano general de Alice.
Al llegar a casa, John dejaba las llaves sobre el recibidor y sacaba su reloj del bolsillo para dejarlo encima de la mesita del comedor. Colgaba la chaqueta en la percha y dejaba el maletín sobre el escritorio de la modesta librería que llevaba siete años en construcción. Tenía entonces cincuenta y tres minutos para ducharse y cenar frente al televisor antes de retomar su obra.
A las diez en punto, Alice ya tenía el camisón puesto y retiraba la cortina de la ventana de su habitación para dejar que la luz de la calle se colara entre sus sábanas. Encendía la lámpara de la mesita de noche y cogía el libro que había justo al lado. Se quitaba las zapatillas y se tumbaba en la cama –que estaba situada enfrente de la ventana­– quedando expuesta a los ojos de su admirador.
Para aquel entonces, John ya tenía preparado su lienzo y había separado los pinceles que utilizaría junto con las pinturas al óleo que había guardado la noche anterior.
A partir de ese momento, John tenía entre veinte y treinta minutos para introducir nuevas luces, texturas y formas a esa realidad que lo acercaba cada vez más a su querida Alice. Ella, mientras tanto, se sumergía en las descripciones e ironías de su escritora favorita a quien debía el nombre de su gato Austen, que se acurrucaba a su lado introduciendo un tono grisáceo a la composición.
Para John, cada nuevo trazo era como una suave caricia en el cuerpo de Alice, sentía la pasión en cada color sobre la tela y no había más luz que la que ella desprendía. Su pelo era largo y ondulado, su cuello parecía irresistiblemente suave y sus manos y brazos eran delgados. La sábana difuminaba el resto de su cuerpo pero aún se podían intuir unas no menos delgadas piernas. La habitación contenía una amplia paleta de color, que iba des del beige de las paredes hasta el color café de sus oscuros muebles. Todo en aquel dormitorio le parecía celestial. La amaba, la amaba con toda su alma.
La pequeña luz de la mesilla se apagó, John se estremeció pero no pudo evitar sonreír. Permaneció unos minutos más observando el espectáculo hasta que la calle se cubrió con tanta oscuridad que ya no pudo distinguir esa silueta que tanto conocía. Fue entonces cuando Alice le regaló una sonrisa que él nunca podría ver. John limpió los pinceles, guardó las pinturas en el segundo cajón de la cómoda que tenía a su izquierda y cerró la ventana de la habitación.

-Buenas noches, Alice.

-Buenas noches, John.



Balcony at Buenos Aires, Fabián Pérez.